Hablar de encuestas en estos tiempos, no es cosa fácil. No solamente no son creíbles, sino que ofenden. A veces tanto o más que nuestras opiniones. Lo que no vemos, es que, sin encuestas, no tenemos una brújula que nos indique la dirección en la que vamos, y si quienes nos dirigen, saben a dónde llevarnos.

Las encuestas de opinión publica cumplen importantes funciones en las sociedades. La más obvia es la de informar sobre lo que piensan las personas de un determinado lugar.

Sirven como guía para la autoridad en la toma de decisiones. A través de las opiniones, brindan alternativas sobre los cambios que deban hacerse. Este intercambio contribuye a un mejor control de la autoridad.

En tiempo electoral, el consumo de encuestas aumenta notablemente llegando a convertirse en un medidor del clima de opinión y en oráculos electorales.

Desde los años 30’s del siglo XX, cuando George Gallup realizara la primera encuesta electoral a su suegra, Ola Miller, primera mujer en ser secretaria de Estado de Iowa, el uso de encuestas para las campañas electorales son una parte esencial de la planificación. Es el punto de arranque de cualquier campaña. O por lo menos, deben serlo.

No es sino hasta los años 60’s con el nacimiento de la televisión que los medios de comunicación se valieron de encuestas para llenar sus espacios informativos. Con lo que no contaban era con que se convertirían en la piedra en el zapato de muchos de ellos.

Desde hace algunos años, con cada elección que pasa, parece que además de la competencia entre partidos políticos y candidatos por ganar el poder, hay una competencia paralela entre encuestadoras y medios de comunicación para no equivocarse o equivocarse menos en su predicción. Las propias empresas encuestadoras han promovido su imagen como “las que no fallan”.

Han simplificado su importancia en la medición de opinión pública. Lo cual se convirtió en un tiro a sus propios pies. Así, la mente humana simplificará también esa información que recibe y solo recordará la única vez que fallaron y no las muchas que hayan acertado.

Las encuestas electorales no predicen resultados. Muy por el contrario, están lejos de hacerlo ante la complejidad que la propia encuesta plantea (tamaño de la muestra, segmentación, confiabilidad, etc.). Lo sorprendente es lo bien que operan y lo acertadas que han sido en la mayoría de los casos.

Las encuestas son “una fotografía del momento”, pero una foto movida. Y una foto movida es una foto confusa. Y particularmente en tiempo electoral, la opinión pública es muy cambiante. Somos frágiles y vulnerables ante el aumento de la información electoral que recibimos. De esta forma, el resultado de una encuesta puede cambiar en solo semanas, o menos.

Así, las encuestas no predicen el futuro, sino el presente, aunque esto suene extraño. Por lo tanto, no se equivocan. Quienes se equivocan son los intérpretes de ellas. Son los únicos que hablan del futuro.

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